Simposio

La Leyenda de la Coca

Ejercicio previo.

a. Averigua algunos datos de la vida del autor de la leyenda.  Compleméntalos.

Para efectos de reordenamiento de tus ideas, te ayudo un poco:

n. 1897

m. 1948

Ha escrito, entre otras obras: “La Hoguera” “La Rosita”

“Teatro Escolar”

“El Hoyo”

“Plebe”

“La Niña de sus ojos”

“Leyendas de mi Tierra”

“Curso de Geografía Física de Bolivia”

“El Vals del Recuerdo”

Lectura oral:

– Lee en silencio la leyenda que va seguidamente –aunque ésta, aquí, sólo es un fragmento bastante largo– Anota los aspectos más importantes.  Ellos van a servirte para esta tarea.

Preparación al simposio

Toma en cuenta que:

La lectura - Lenguaje y Literatura - Guion - Simposio

Desarrollo:

– Los participantes, de tres a seis – han de colocarse ante el curso.  El coordinador dará la palabra a cada uno de ellos, quienes deben ocupar el tiempo estrictamente necesario – 5 minutos – Al término de las exposiciones, el coordinador hace una síntesis de lo tratado.  El público puede hacer preguntas a los participantes.

(Fragmento)

La Leyenda de la Coca

Antonio Díaz Villamil

I

Era por el tiempo en que habían llegado a esta tierra los conquistadores blancos.

Las jornadas siguientes a la hecatombe de Cajamarca fueron crueles y sangrientas.  Las ciudades fueron destruidas, los cultivos abandonados, los templos profanados e incendiados, los tesoros y reales arrebatados.  Y, por todas partes, en los llanos y en las montañas los desdichados indios fugitivos, sin hogar, llorando la muerte de sus padres, de sus hijos o de sus hermanos.

La raza, señora y dueña de tan feraces tierras yacía en la miseria, en el dolor.  El inhumano conquistador, cubierto de hierro y lanzando rayos mortales de sus armas de fuego y cabalgando sobre briosos corceles, perseguía por las sendas y las apachetas a sus espantadas víctimas.

Los indios, indefensos, sin amparo alguno, en vano invocaban a los dioses, en vano lamentaban sus desdichas. Nadie, ni en el cielo ni en la tierra, tenía compasión de ellos.

II

Kjana - Chuyma, El Yatiri

Un viejo llamado Kjana-Chuyma, que estaba, por orden del inca al servicio del templo de la Isla del Sol, había logrado huir antes de la llegada de los blancos, a las inmediaciones del lago, llevándose los tesoros sagrados del gran templo.  Resuelto a impedir a todo trance que tales riquezas llegaran al poder de los ambiciosos conquistadores, había conseguido, después de vencer muchas dificultades y peligros, en varios viajes, poner a salvo por lo menos momentáneamente, el tesoro en un lugar oculto de la orilla oriental del lago Titicaca.

Desde aquel sitio no cesaba de escudriñar diariamente todos los caminos y las superficies del lago, para ver si se aproximaban las gentes de Pizarro.

Un día los vio llegar.  Traían precisamente la dirección hacia donde él estaba. Rápidamente resolvió lo que debía hacer.  Sin perder un instante, arrojó todas las riquezas en el sitio más profundo de las aguas.

Pero cuando llegaron junto a él los españoles, que ya tenían conocimiento de que Kjana-Chuyma se había traído consigo los tesoros del templo de la isla, con intención de sustraerlo al alcance de ellos, lo capturaron para arrancarle si fuera preciso por la fuerza el ansiado secreto.

Kjana-Chuyma se negó desde el principio a decir una palabra de lo que los blancos le preguntaban.  Sufrió con entereza heroica los terribles tormentos a los que lo sometieron.  Azotes, heridas, quemaduras, todo, todo soportó el viejo adivino sin revelar nada de cuanto había hecho con el tesoro.

Al fin, los verdugos, cansados de atormentarle inútilmente, lo abandonaron en un estado agónico para ir por su cuenta a escudriñar por todas partes.

Esa noche, el desdichado Kjana-Chuyma, entre la fiebre de su dolorosa agonía, soñó que el Sol, dios resplandeciente, aparecía por detrás de la montaña y le decía:

— Hijo mío.  Tu abnegación en el sagrado deber que te has impuesto voluntariamente, de resguardar mis objetos sagrados, merece una recompensa.  Pídeme lo que desees, que estoy dispuesto a concedértelo.

— ¡Oh! Dios amado –respondió el viejo– ¿Qué otra cosa puedo yo pedirte en esta hora de duelo y de derrota, sino la redención de mi raza y el aniquilamiento de nuestros infames invasores?

— Hijo desdichado – le contestó el Sol – lo que tú me pides, es ya imposible.  Mi poder ya nada puede contra esos intrusos; su dios es más poderoso que yo.  Me ha quitado mi dominio, y por eso como vosotros debo huir a refugiarme en el misterio del tiempo.  Pues bien, antes de irme para siempre, quiero concederte algo que esté aún dentro de mis facultades.

— Dios mío – repuso el viejo con pena– si tan poco poder tienes debo pensar con sumo cuidado en lo que voy a pedirte.  Concédeme la vida hasta que pueda decidir lo que he de rogarte.

— Te concedo, pero no más que el tiempo que transcurre una luna, – dijo el Sol y desapareció entre nubes rojas.

III

El secreto consuelo de los dioses para la triste raza vencida

La raza estaba irremediablemente vencida.

Los blancos, orgullosos y déspotas, no se dignaban considerar a los indios como a seres humanos. Los habitantes del inmenso imperio del Sol, sin rey y sin caudillo, no tuvieron más que soportar calladamente la esclavitud por muchos siglos o huir a regiones donde aún no hubiera llegado el poder de los intrusos.

Uno de esos grupos, embarcándose en pequeñas balsas de totora, atravesó el lago y fue a refugiarse en la orilla oriental, donde Kjna-Chuyma estaba luchando con la muerte.

Los indios, sabedores de cuanto le había ocurrido al noble anciano acudieron solícitos a prodigarle sus cuidados.  Kjana-Chuyma era uno de los yatiris más queridos en todo el imperio, por eso los indios rodearon su lecho de agonía, llenos de tristeza, lamentando su próxima muerte.

El anciano, al ver en torno de sí ese grupo de compatriotas desdichados, sentía más honda pesadumbre e imaginaba los tiempos de dolor y amargura que el futuro guardaba a esos desventurados.

Fue entonces que se acordó de la promesa del gran astro... Resolvió pedirle una gracia, un bien durable, para dejarlo de herencia a los suyos, algo que no fuera ni oro ni riqueza, para que el blanco ambicioso no pudiera arrebatarles; en fin, un consuelo secreto y eficaz para sus incontables días de miseria y padecimientos.

Al llegar la noche, lleno de ansiedad en medio de la fiebre que le consumía, imploró al sol para que acudiera a oír su última petición.  A los pocos momentos, un impulso misterioso lo levantó de su lecho y lo hizo salir de la choza.

Kjana-Chuyma, dejándose llevar por la secreta fuerza que lo dirigía, subió por la pendiente arriba hasta la cumbre del cerro.  En la cima notó que le rodeaba una gran claridad que hacía contraste con la noche fría y silenciosa.  De pronto, una voz le dijo:

— Hijo mío: He oído tu plegaria. ¿Quieres dejar a tus tristes hermanos un lenitivo para sus dolores y un reconfortante para las terribles fatigas que les guarda su desamparo?

— Sí, sí. Quiero que tengan algo con qué resistir la esclavitud angustiosa que les aguarda. ¿Me lo concederás? Es la única gracia que te pido, para ellos, antes de morir.

— Bien – respondió con dulce tristeza la voz – Mira en torno tuyo. ¿Ves esas pequeñas plantitas de hojas verdes y ovaladas? Las he hecho brotar para tú y para tus hermanos.  Ellas realizarán el milagro de adormecer penas y sostener fatigas.  Serán el talismán inapreciable para los días amargos.  Di a tus hermanos que, sin herir los tallos, arranquen las hojas, y, después de sacarlas, las mastiquen.  El jugo de esas plantas será mejor narcótico para la inmensa pena de su alma.  Después de recibir varias otras instrucciones, el viejo, lleno de consuelo, volvió a su choza cuando la aurora comenzaba a iluminar la tierra y a platear las tranquilas aguas del lago.

Kjana-Chuyma, sintiendo que le quedaban pocos instantes de vida, reunió a sus compatriotas y les dijo:

— Hijos míos: Voy a morir, pero antes quiero anunciaros lo que el Sol, nuestro dios, ha querido en su bondad concederos por intermedio mío: Subid al cerro próximo.  Encontraréis unas plantitas de hojas ovaladas.  Cuidadlas y cultivadlas con esmero.  Con ellas tendréis alimento y consuelo.

Los desdichados indios gimieron inconsolables por la muerte de su venerable yatiri.  Durante tres días y sus noches lloraron al difunto sin separarse de su lecho. Al fin fue necesario pensar en darle sepultura.  Para ello eligieron la cima del próximo cerro.  Fue enterrado dentro de un cerco de las plantas verdes y misteriosas.

Entonces se realizó la maravilla.  A medida que trabajaban tragaban el amargo jugo, notaron que su inmensa pena se adormecía lentamente …

— Como ves, la hermosa leyenda ha sido fragmentada deliberadamente por la autora (y he aquí que ésta pide, de todo corazón, todas las disculpas del caso en tributo de la ilustre memoria del escritor) Es que el objetivo de este contenido, es lograr que tú hagas algunas inferencias.  Sigue este guion y lo observarás:

1. ¿Qué dijo Kjana-Chuyma a sus compatriotas cuando les anunció que el dios Sol les había otorgado las hojas de coca? ¿Qué crees tú que les dijo?

2. Esta vez en consulta con el libro: “Leyendas de mi Tierra” de Antonio Díaz Villamil (Ed. y Lib. Popular, La Paz. 1.944. 148 pags.), analiza los planteamientos de la pieza antológica. A saber:

– La coca y los viajeros.

– La coca para aliviar la melancolía.

– La coca en el trabajo de las minas.

– La coca en los oficios rituales del destino.

3. Analiza este otro planteamiento del autor:

“Y cuando el blanco quiera hacer lo mismo y se atreva a utilizar como vosotros esas hojas, le sucederá todo lo contrario.  Su jugo que para vosotros será la fuerza y la vida, para vuestros amos será vicio repugnante y degenerado: Mientras que para vosotros los indios, será un alimento casi espiritual, a ellos les causará la idiotez y la locura.

4. Finalmente, bajo la atenta dirección de tu maestro, analiza los efectos de la cocaína.