Presidencia de Daza

1. Antecedentes Personales.

2. Administración.

3. El impuesto de los “10 centavos” y sus consecuencias internacionales; asalto de Antofagasta.

4. Defensa de Calama; rasgos biográficos de Avaroa.

1. Antecedentes Personales. — Hilarión Daza nació en Sucre; procedía de gentes ignorantes y miserables.  Escasamente sabía leer y escribir.  Creció entre vagabundos; entre los que adquirió cierto ascendiente por la destreza de sus puños en las camorras populacheras.  En esos tiempos era más conocido por el apodo de “Chocholín” que venía del sobrenombre de un tío suyo, un semi idiota y tartamudo que pronunciaba de ese modo su apellido que era Grosolé. Sus malas inclinaciones y su incontenible tendencia a la ratería lo pusieron varias veces bajo la acción de los castigos de la policía.  Parece que, como último recurso para corregirlo, después de darle de azotes, lo condujeron al batallón 3º en calidad de soldado raso.  Merced a la viveza de su carácter pronto ascendió a sargento.  Era ya teniente en el gobierno de Achá.  Se alistó entre los revolucionarios que proclamaron e Belzu, en 1862 siendo batido en Sucre por el General Gregorio Pérez.

Cuando Melgarejo asaltó el Poder, Daza fue uno de los primeros en ponerse al servicio del tirano, distinguiéndose por la inhumanidad en el combate de la Cantería donde cumplió por su propia mano las órdenes de muerte del caudillo. Se atribuye a Daza el haber arrebatado su rifle a un soldado para dar con él la muerte al poeta Néstor Galindo.

Cuando estaba Melgarejo en La Paz, estalló en Sucre una revolución encabezada por Reyes Car-dona.  Daza, como fiel esbirro del tirano, se propuso comunicarle el hecho personalmente a la mayor brevedad posible y para ello consumó una verdadera hazaña ecuestre trasladándose de Sucre a La Paz y venciendo en tres días las 100 leguas del camino.  Melgarejo en premio a la decidida actitud de Daza y a su record hípico lo ascendió a comandante y lo retuvo a su lado en calidad de edecán.  Más, tarde, Melgarejo le dio nueva prueba de confianza ascendiéndolo a Teniente Coronel y nombrándolo segundo jefe del Batallón 3º. Teniendo necesidad, Melgarejo, de abandonar La Paz para ir a Sucre a debelar nuevas revoluciones, dejó en aquella ciudad al batallón 3º a cargo de los jefes de su mayor confianza, entre ellos principalmente a Daza, para que guardara las espaldas.

Apenas se produjo la ausencia del tirano, el pueblo de La Paz preparó el levantamiento. Algunos conjurados se atrevieron a hacer proposiciones a Daza para que entrara en el movimiento con el batallón ya citado.  Daza, a más de inconsecuente demostró ser venal y aceptó dar el golpe, pero previo pago de una suma de dinero. Al precio de 10.000 pesos, reunidos por suscripción entre los principales vecinos, traicionó a su caudillo y protector.  De ese modo se realizó la revolución del 24 de noviembre de 1870 que tuvo la fortuna de echar abajo la tiranía de Melgarejo.  Triunfante la revolución, Morales, que también se distinguió con su predilección a Daza, lo ascendió a Coronel y lo hizo primer jefe del mismo batallón que desde entonces pasó a ser batallón 1º.

Convertido en engreído favorito de Morales, se esmeró en cumplir las órdenes del Presidente, sobre todo cuando las daba en sus arrebatos de demencia.  Así fue cómo dirigió los dos atropellos de la soldadezca contra el Congreso.

A la muerte de su segundo protector Daza tuvo el único rasgo noble de su vida. Con las fuerzas de su mando se puso a las órdenes del venerable Frías para restablecer la normalidad política y salvar al país de su grave crisis a consecuencia de la tragedia del palacio.  Como justo premio a esta actitud, la Asamblea lo ascendió a General de Brigada.

En 1874, fue llamado a la cartera de Guerra por el Presidente Frías.  A pesar que este nombramiento disgustó al país, el jefe de gobierno tuvo la debilidad de tolerar que Daza, ministro de Guerra, retuviera, contra toda disposición legal, la jefatura de su batallón que debió haberla dejado aún antes de ser ascendido a General.

Abusando de su puesto, quiso ser candidato oficial a la Presidencia de la República; pero el gobierno legalista de Frías le hizo notar la incompatibilidad de su cargo con su candidatura.  Daza renunció mal de su grado la cartera, pero no se desprendió del mando del batallón, pues, como soldado inescrupuloso que era, fiaba más en los fusiles de sus soldados que en los votos de sus conciudadanos.

Estando en vísperas de las elecciones, temiendo que el candidato contrario fuera un obstáculo a sus ambiciones consumó el golpe de Estado, el 4 de mayo y se invistió ilegalmente del mando del país

2. Administración y revueltas internas. — En cuanto Daza se vio dueño del poder lo hizo su Secretario al Dr. Jorge Oblitas. Más tarde formó su gabinete con los siguientes ministros: José Manuel del Carpió, de Relaciones Exteriores; Ignacio Salvatierra, de Hacienda e Industria; Agustín Aspiazu, de Justicia, Culto e Instrucción y Carlos de Villegas, de Guerra.  A pesar de la colaboración de sus ministros, Daza introdujo el desorden en la administración y el despilfarro de las rentas fiscales.  Su mayor preocupación eran las fiestas populares que las prodigaba con cualquier motivo a costa de las miserables rentas del país.

El 14 de agosto de 1876 con ocasión de su visita a Potosí quiso imitar la histórica escena del Libertador Bolívar en la cumbre del Cerro Rico.  Daza ascendió a la cumbre rodeado de numeroso séquito, colocó el estandarte nacional y también pronuncio su arenga.

Durante esta administración llegó de Norte América la misión de geógrafos, cuyo jefe era Jaime Orton y secretario Edwin Health, para explorar y estudiar el departamento del Beni.

En ese mismo gobierno se creó el impuesto de 25 centavos por cada quintal de barilla de cobre que se exportara de Corocoro o de otros centros productores.

En noviembre de 1877 se reunió la Asamblea, compuesta por una gran mayoría de diputados gobernistas; los independientes se habían abstenido de votar.  El primer acto de esta asamblea fue aprobar todos los actos del gobierno de hecho, y luego de elegir a Daza como Presidente Provisional.

La asamblea autorizó al ejecutivo la elaboración del Código de Minería y aprobó la compilación de Leyes del Procedimiento Civil, faccionada por el Dr. Melquíades Loayza.

Reunida, nuevamente la Asamblea, el año siguiente, dictó la novena Constitución, que fue sancionada el 15 de febrero, esta reforma estaba basada en la de 1861; pero tenía algunas novedades, tales como el funcionamiento del poder legislativo en dos cámaras separadas (Senadores y Diputados) forma que se conserva hasta el presente; se establece el derecho de interpelación de los diputados y senadores a los ministros de Estado; establece cierta descentralización administrativa; confiere mayor independencia al Poder Judicial; resguarda las prerrogativas municipales y, en suma, consagraba los principios republicanos y democráticos más avanzados hasta entonces.  El Presidente provisorio, Daza juró solemnemente cumplir esta Constitución, pero, cada vez que quiso la violó a su entero capricho.

Bajo la administración de Daza, y como una protesta al golpe de Estado contra Frías, se levantó el pueblo de Cochabamba; pero este movimiento aislado no tuvo resultados y se extinguió fácilmente.

Más seria fue la sublevación en el departamento de Santa Cruz, donde el doctor Andrés Ibáñez proclamó la federación y desconoció el gobierno de Daza.  El presidente envió contra los revolucionarios al General Carlos de Villegas con fuerzas de línea y facultades extraordinarias. El movimiento fue sofocado y fusilados y desterrados sus principales cabecillas.

3. El impuesto de los “10 centavos” y sus consecuencias internacionales; asalto de Antofagasta. — El Congreso de 1878 había resuelto gravar con el insignificante impuesto de 10 centavos a cada quintal de salitre que se exportase del Litoral.  La Compañía Anónima de Salitres y Ferrocarriles de Antofagasta, cuyos derechos de explotación y exportación libres se fundaban en las arbitrarias concesiones de Melgarejo, se negó a pagar tal impuesto, no obstante haber ofrecido en anterior ocasión dar a Bolivia una participación del 10 por ciento de las utilidades líquidas de la Compañía.  En todo caso, la compañía podía acudir ante los tribunales bolivianos para hacer valer sus derechos; pero, con una mala fe preconcebida, puso el asunto en manos del gobierno chileno, fundándose en que sus capitales eran chilenos y que la sede social de la empresa estaba en Valparaíso.

Chile, que estaba más interesado que la misma compañía para alegar contra Bolivia y dar comienzo a sus antiguos e incontenibles planes de conquista, tomó la personería de los industriales y convirtió una cuestión enteramente privada en alegato internacional.

Se presentó en La Paz el diplomático chileno Pedro Nolasco Viuela a exigir que el gobierno boliviano derogase la ley de los “10 centavos” ya que el gobierno de Melgarejo, por el tratado de 1874 se había comprometido a no gravar las industrias y capitales de ese país.  El gobierno boliviano le demostró clara y muy fácilmente que el asunto de la compañía reclamante era un caso privado y que tenía para sus reclamaciones las leyes, los procedimientos y los tribunales de Bolivia.  El diplomático chileno insistió obstinadamente, al mismo tiempo que la Compañía confirmó su negativa en cumplir la ley.  Ante esta actitud que significaba una humillante intromisión de los industriales y del gobierno de Chile en asunto de plena soberanía nacional, el gobierno de Bolivia, tuvo a bien suspender los efectos del impuesto, pero, al mismo tiempo declaró descindida.

El 12 de febrero de 1879 el representante chileno pidió sus pasaportes declarando rotas las relaciones entre Bolivia y Chile.

No habían pasado dos días, tiempo en el cual dada la deficiencia de las comunicaciones de aquel tiempo, era imposible que en Santiago se conociera el resultado de las negociaciones de su enviado, la escuadra chilena que estaba al acecho, cumpliendo las órdenes de su gobierno, desembarcó tropas en el puerto boliviano de Antofagasta y lo ocupó militarmente.

4. Defensa de Calama; rasgos biográficos de Avaroa. — La noticia del asalto de Antofagasta llegó a Caracoles al día siguiente.  Al mismo tiempo se supo que una fuerza chilena avanzaba a ese centro minero.  Las condiciones para la defensa de Caracoles eran adversas, pues, contra unos 400 pobladores bolivianos que existían en ese lugar, trabajaban en ese mineral más de 8.000 obreros chilenos.  Por esta razón, las autoridades bolivianas de la región pensaron en retirarse hacia el interior, eligiendo para ofrecer la resistencia a Calama, pequeña aldea situada a orillas del río Loa.

El Dr. Ladislao Cabrera organizó con empeño la resistencia, acopiando los escasísimos recursos de que se podía disponer en ese lugar tan apartado del contacto con Bolivia.  Auxiliaron eficazmente al Dr. Cabrera el Subprefecto de Caracoles, Coronel Fidel Lara, el Teniente Coronel Emilio Delgadillo y los ciudadanos Avaroa, Jurado, Menacho, Maldonado y Marquina.

El total de los defensores era de 135 hombres, los cuales disponían de una diversidad de armas recolectadas apresuradamente: 35 rifles Winchester, 8 Remington, 30 fusiles de chimenea, 35 fusiles de chispa, 12 escopetas de caza, 14 revólveres y 32 lanzas.  No había más, pero en cambio todos los defensores tenían conciencia de lo que debían hacer en homenaje a la patria y por su deber de ciudadanos.

Ocho días antes del 23 de marzo, se presentó en Calama un parlamentario del ejército chileno a intimidar la rendición.  La serena respuesta dada por Cabrera fue: “Defenderemos la integridad del territorio de Bolivia hasta el último trance”.

Sabiendo los defensores que en Caracoles se hallaba una fuerte división enemiga de las tres armas, y a fin de no ser sorprendidos por ella, destacaban diariamente dos hombres de observación para que vigilaran los caminos de la pampa.  El día 22 les tocó ir de observadores a los jóvenes Jurado y Maldonado, los cuales tuvieron la mala suerte de caer bajo la sorpresa del enemigo que avanzaba sigilosamente. Los cautivos fueron obligados a mostrar los pasos más apropiados para el asalto.  Jurado, aprovecho de un momento oportuno y saltando de la cabalgadura en que lo conducían se lanzó al río Loa y salvó a nado la corriente hasta la orilla opuesta, Maldonado rehusó obedecer a pesar de las amenazas de fusilarlo. Seguro que lo victimaron antes de empezar el combate.

El ciudadano Marquina, que pertenecía al grupo de 12 rifleros que mandaba Avaroa, durante el mes que duró la preparación de la defensa, había vendido una mina en una suma que era una fortuna para él. Con el placer de celebrar su fortuna había descuidado asistir a varias listas, por lo cual se le había dado de baja.  En vísperas del combate se presentó a rogar que se le incorporara a su puesto, manifestando encarecidamente que “no era un cobarde y que quería defender su patria”.  Así lo hizo peleando bizarramente al lado de Avaroa.

En la madrugada del 23 de marzo, la división chilena, fuerte de 1.400 hombres, compuesta de infantería, caballería y artillería, al mando del Coronel Sotomayor, inició el combate. Las escasas fuerzas defensoras se habían situado en Yalquincha, Topáter, y Huasita, los tres puntos elegidos para sostener la defensa.  A pesar de la inmensa superioridad del enemigo, los defensores se sostuvieron bravamente durante toda la mañana, causando considerables bajas al enemigo.  No contentos los defensores con resistir al ataque en sus posiciones, efectuaron algunos de ellos arriesgadas salidas al encuentro de los asaltantes, uno de los más audaces, el Capitán Miguel Palato, se vio rodeado de tres enemigos; abatió a todos y regresó a su puesto.

El círculo de fuego en torno a los defensores se fue estrechando.  El punto más batido de la resistencia era el puente del Topáter, defendido por Avaroa.  El pequeño grupo de sus compañeros había sido arrollado por la muchedumbre de asaltantes.  Avaroa quedaba casi solo; su arma estaba candente y no tenía más municiones, pues había disparado los 300 proyectiles de dotación que había recibido.  Pero aún su figura erguida inspiraba respeto al enemigo que tenía prisa en atravesar el puente para ocupar el pueblo.  La tropa enemiga asombrada por la fiera actitud de un solo hombre contra ellos, le intimó: ¡Ríndase! a lo que el héroe respondió lleno de coraje: “¡Que se rinda su abuela carajo!” El enemigo no encontró otra respuesta para las palabras de Avaroa que la descarga cerrada de sus fusiles.  Avaroa cayó acribillado en el puesto de su deber y sólo entonces pudo el enemigo atravesar el célebre puente.

El sacrificio de Avaroa fue consciente y serenamente preparado.  Ya le había dicho, días antes a Cabrera, cuando notó que no se le quería señalar un puesto de responsabilidad en la defensa: “Parece señor, que usted no tiene confianza en mí; me verá usted el día del combate”.

Al ser tomada Calama, los sobrevivientes de su defensa se retiraron al pueblo de Chiu-Chiu y luego siguieron camino a Potosí.

Eduardo Avaroa había nacido el 13 de octubre de 1838, en el pueblo de San Pedro de Atacama.  Sus padres fueron don Juan Avaroa y doña Benita Hidalgo, españoles.  Después de haber hecho sus estudios en la escuela del pueblo, siguió por su cuenta estudios de contabilidad que sirvieron para sus actividades comerciales.  Se distinguió por sus magníficas condiciones personales en reconocimiento a los cuales fue designado miembro de la Junta Municipal de su pueblo.  El gobierno, conocedor de sus prendas lo nombró Subprefecto de la provincia; pero, Avaroa, considerando más conveniente a su carácter de vida privada, renunció al cargo.

Dijo de él don Ladislao Cabrera: “Era excesivamente sobrio en la expresión de palabras, jamás hizo observación alguna a las órdenes que recibía, que las cumplía severa y estrictamente.  Siempre estaba con su caballo ensillado, esperando el momento de hacer uso de él para el reconocimiento de las Sendas y para las excursiones nocturnas indispensables para la defensa. Era un excelente tirador de rifle”.

El Coronel chileno B. Villagrán, autor de la primera biografía de Avaroa, escrita en 1886, dice del héroe: “No investía carácter militar, pero era boliviano y sobre todo buen patriota. Algunas personas trataron de disuadirlo de su empresa y le aconsejaron se retirara al interior de Bolivia, pero él con-testaba a estas exigencias: “Soy boliviano, prefiero morir antes que huir cobardemente”.

Así, Avaroa puso un sello de gloria en el primer encuentro guerrero de la Guerra del Pacífico.

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